hace el nudo y me dice
no quieres ir a la iglesia, pero crees en un mecate rojo. yo, termino de pedir mi deseo, subo la cabeza, abro los ojos y la veo. sonrío y afirmo.
aja. media vuelta y empiezo a caminar a mi cuarto. cuando abro la puerta llegan varias respuestas posibles. me quedo callada, traspaso el marco. la armida no quiere oir mis razones para no creer en su dios, pero sí en mis recursos inventados. prendo la lámpara de papel blanco, me aviento a la cama. empuño mis manos y las aprieto frente a mi cara. me acuerdo de mi importante fé amarrada y observo mi nueva pulsera
roja.
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