miércoles, febrero 04, 2004

no había a nadie más a quién hecharle la culpa. consecuencias de ser hija única.
por cortarle el pelo a mi prima, por andar caminando en el techo de la casa, por regalarles mis juguetes a los niños que pasaban, por meter en bolsas de plástico la comida del día para mandarla a áfrica, por comerme un frasco entero de miel, por rasurar al perro, porque la carne era de muerto y me hablaba para que no me la comiera, por mezclar amoniaco, cloro y ácido muriatico para que se limpiara bien el baño, por delinearme los ojos con tinta china.
la armida me regañaba y a mí me entraba una culpabilidad enorme. a lo mejor sí estaba haciendo algo mal. ese era su castigo. y a lo más que llegaba era a nalgearme y yo -cual panchera que soy- soltaba el grito y el llanto antes de que su mano tocara mi nalga. pero las palabras eran lo que dolia. verle la mirada clavada en la mía. ver que se desesperaba y luego ya no sabía qué más decirme. que a veces lloraba más que yo, después de verme usar la barda del vecino como viga de gimnasia. y entonces yo, dejaba de reirme. entonces las pestañas largas apuntaban al suelo o más abajo. y algo así como la tristeza llegaba.

recién regañada, caminaba despacito, subía los veintitres escalones alfombrados de color vino, paseaba el dedo índice por el barandal, llegaba a mi cuarto, buscaba mi falda roja con dos líneas blancas, un olan, y me la iba poniendo mientras bajaba para salir al patio. si traía el cabello recogido, me lo soltaba. me quitaba los zapatos.

ahí, al fondo, debajo del olivo. de metal la estructura, blanco el asiento. los columpios eran mi antidepresivo infantil. eran mi terapia personal. diez minutos y todo se entendía, o quizá la culpabilidad sólo se mareaba y ya me dejaba en paz. sentir el aire. chillar un rato. los cabellos en la cara. luego me reía. alcanzar a ver al bobi acostado donde estaba el solecito, y aventarle piedritas, de patio a patio, para saludarlo. y poco a poco me cambiaba la cara. al brincar del asiento, tocar la tierra, todo estaba bien. y entonces agarraba mis zapatos con una mano y me iba dando brinquitos. al librero, a subirme al árbol que rompía la banqueta, a buscar las crayolas para quebrarlas y tener más y sacarles mucha punta, a espiar a mis tías o a ramona que vendía tamales y menudo por las tardes.
el mundo se arreglaba con el vaivén de un columpio.


yo creo que ya me va a bajar.
hoy traté de regresar las lagrimillas mientras salía del salón. los maestros compas se sorprendieron al verme salir a media junta, pero no tenía caso quedarme a revisar los nuevos planes académicos si me acaban de quitar mis horas frente al grupo. razones: mi falta de título, que sólo hay dos grupos de segundo, que no me pueden dar horas de literatura porque no es de mi perfil (aunque yo sí sepa que cortázar es argentino, y es una palabra grave, que se pronuncia como tal). ya nomás voy a dar teatro. muy muy chilo el tallercito, pero dar lectura y redacción, también me encanta. las letras y el teatro, son de las netas más grandes. además es menos feria, y para mis planes, eso es malo. pos no sé. me agarraron en un miércoles de vulnerabilidad. salí del salón, pasando entre los alumnos, tratando de que no se dieran cuenta que la profe, lagrimeaba. y así, aunque corto, todo el camino a la casa.

hay un parque en la avenida principal de la colonia. antes de entrar a mi calle, estacioné el carro y me bajé. directo al columpio. no dudé en hacerlo, me quité los zapatos, después sentí el frío, pero no importó. desde arriba se veía el bule allá lejos. en el parque no había nadie y chillé otro ratito, a gusto. esos diez minutos tan conocidos y redentores.
saltar en los finales del ir y venir. pies en tierra. respirar profundo. saber que todo está bien.


...los pasamanos, también me gustan mucho.

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