yo me la hubiera pasado mejor en el concierto de eli guerra, el sábado, si no hubiera tenido que pelear dos horas antes, con mi mínima fuerza con cuatro pendejos muy pedos, que me querían subir a su carro.
diciembre lleno de foquitos, de buenos deseos transmitidos por televisión, de árboles mutilados simulando bosques en medio de la ciudad, de gente llenando las calles con un extraño stress de final de año.
salí de mi casa, mi habitual media hora de camino al multikulti se hizo eterna. muchos, muchos carros unos tras otros, líneas largas para esperar. a vuelta de rueda. y yo que no tengo más que el fm para ambientarme. en eso estaba, o entrecerrando los ojos para ver si los foquitos rojos de los carros, se convirtían en un viaje sicodélico, cuando el sire empezó a hacer ruidos extraños, burbujeando en el cofre. la flechita marcaba que estaba caliente, mucho.
un carril, permiso, permiso, me deja pasar, y ya estaba en la orilla. en la orilla de la vía rápida que no tiene salidas para casos como este. está bien, de todos modos, no es como que estamos avanzando mucho. me salí a abrir el cofre y a buscar agua, un trapo para abrirle el radiador (es el radiador?). me tenía que esperar un rato. afuera, la neblina. empezaron los gritos. mija, te ayudo?; que te pasó mamacita, ocupas un hombre?; se te calentó?
A mí me caga que los batos me griten de cosas, me caga. normalmente contesto, en ese momento, no tenía ganas.
yo quería llegar al multikulti; ver tocar a mis compas; que mi bato me abrazara, para luego escucharlo cantar; tomarme una, dos o tres cervezas; y acordarme de cuando corría en chinga, desde arriba, por los pasillo de alfombra roja de los cines viejos.
a quién le hablaba? para qué? si estaba ahí, atascada en medio de muchos muchos carros. no conozco a nadie que tenga un helicóptero.
muchos batos se acercaron. las cervezas en la mano. el pumas campeón, recordé. seguían gritando, y yo esperando que llegara un señor con su family, y que me hiciera el paro, mientras yo y su esposa, platicabamos de cómo ha hecho frío ultimamente en tijuana. nunca llegó.
ya iba a abrir el radiador, cuando se acercó un carro gris (no sé ni que tipo de carro era) con cuatro batos arriba, uno, con medio cuerpo fuera de la ventana, me gritaba y me hacía señas. los otros se reían. me aventó un bote de cerveza. no me dió. ahí empezó mi miedo. el bato, ya enojado, se bajó del carro. frente a mí me reclamaba que porque no le hacía caso, que si quién me creía para ignorarlo. me gritaba groserías muy cerca del oído. yo trataba de manternerme fuerte y no explotar. era más alto que yo. estaba borracho. yo con mi falda y la boca pintada y mis ganas de poder meterle un putazo que lo dejara tirado en el cemento mojado por el agua cobriza que salía de mi carro. trataba de no escuchar sus gritos; quería pensar que se iba a hartar, que se iba ir caminando, para subirse a su carro, que la fila iba a avanzar y que por fin llegaría el señor, y su esposa.
no
se bajaron los otros. uno se quedó en el carro. los otros dos se reían. disfrutaban que su compa me estubiera gritando. yo no lloraba. no podía. el bato empezó a tratar de tocarme. se le unieron los otros. sentía manos por todos lados. y yo y mis cincuenta y dos kilos empezaron a defenderse. patadas, golpes; empujaba a uno, pero el otro ya estaba ahí. me intentaban jalar a su carro. yo seguía gritando y me agarraba a mi carro.
no sé cuanto tiempo pasó. es la primera vez que siento ganas de matar a alguien. la gente de los demás carros, no hacía nada. miraban o quizá trataban de voltear a otro lado. entre los golpes, alguien le dio al tubito que sostiene el cofre arriba. se cerró. entre mis gritos y su risa, se oyó el ruido fuerte. quizá eso, o simplemente que ya se habían enfadado. que ya habían logrado en una mujer, un miedo inmenso, como nunca había sentido.
me soltaron. me metí al carro, cerré el seguro. sus manos estaban dejando marcas en mis ventanas llenas de polvo. me gritaban. yo era la puta yo era la arrastrada yo era la pendeja que no podía ni echarle agua a su carro.
se fueron
ahi seguían los foquitos rojos enfrente. o a lo mejor, ya todo era rojo.
no sé cuanto tiempo estuve sentada frente al volante, sin hacer nada, sin ver nada. los gritos seguían ahí, en mi cabeza, luego se iban y todo quedaba en silencio, luego volvían. como cuando te tapas y destapas las orejas con las manos.
el carro se enfrió. le dí a la llave y prendió. el tráfico empezó a caminar. la zona del río, el centro, el tráfico seguía ahí. pero yo, ya no estaba.
y así de repente, la calle, las ventanas, los hombres, tus abrazos, la gente, ya no son lo mismo
nadie merece ser agredido, atacado por otra persona. nadie. las mujeres, los niños, los ancianos, menos.
pinches hombres de mierda, que se aprovechan de la fuerza para someter. por qué creen que tiene el derecho de gritarnos pendejadas, o tratar de tocarnos y besarnos con su aliento asqueroso a machismo, insatisfacción y falta de inteligencia.
tengo miedo. no he dormido bien, desde ese día. trato de no pensar en eso, pero siempre vuelve. nunca pensé sentir tanto odio dentro de mí, tanta desesperación y a la vez tanta fuerza para defender mi integridad física, moral.
no, ya nada es lo mismo
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